Economía y Empresas | 22/11
Fin de una era
Benito Juárez: cerró la Mercería Marisol tras 55 años de dedicación y oficio
El histórico local creado por Mari Napolitano y Gladys Marelli en 1970 apaga sus luces para siempre. Más de 5 décadas acompañando a generaciones de juarenses con costura, bordado y el inolvidable moisés que marcó a cientos de familias.
Cincuenta y cinco años después de haber levantado la persiana por primera vez, Mercería Marisol atraviesa sus últimos días en el centro de Benito Juárez. Aquella aventura iniciada el lunes 25 de mayo de 1970 por Mari Hebe Napolitano, hoy de 87 años, y Gladys Ethel Marelli, de 85, llega a su cierre definitivo, dejando un vacío difícil de medir en la vida cotidiana y afectiva de la comunidad.
En aquel entonces, la ciudad rondaba los 11.000 habitantes, el mundo celebraba la llegada del hombre a la Luna y la economía argentina todavía se regía por los pesos moneda nacional. Entre esos cambios históricos, dos jóvenes trabajadoras de Casa Sportman decidían animarse a su propio emprendimiento. Según recuerda Mari en diálogo con El Fénix, la oportunidad surgió cuando uno de los socios del local donde trabajaban les propuso abrir una mercería. “La abrimos, al poco tiempo él se fue y quedamos las dos. Así nació Marisol”, rememoró.
El nombre fue elegido casi al azar y el primer local funcionó en Avenida Urquiza, en el edificio donde años antes había un hospedaje y donde hoy se encuentra el Juzgado de Paz. Allí trabajaron unos cinco años en un pequeño altillo hasta que se mudaron al local actual en la calle Zibecchi, en pleno centro. Con el tiempo lo ampliaron, colocaron cerámicos y adaptaron el espacio, que conserva la misma esencia desde hace más de medio siglo.
El sello distintivo: el moisés de Marisol
Aunque el negocio ofrecía todo tipo de productos de mercería y trabajos de costura, nada identificaría tanto a Mercería Marisol como su moisés, un clásico juarense. El primero lo hicieron para Amadeo Colantonio. Después vendrían decenas, cientos. “Con el tiempo descubrimos trucos para hacerlos más fácil, pero ese primero nos dio un trabajo bárbaro”, recordó Gladys entre risas. Además confeccionaban vestidos de novia, ropa de bebé, delantales, agarraderas. Un verdadero taller de creatividad doméstica: Mari cosía, Gladys bordaba.
Pese a su edad, Mari sigue usando su máquina de coser a pedal. “Probé la eléctrica, pero esta me resulta más cómoda”, confesó.
Crisis, pandemia y resiliencia
El local sobrevivió a contextos turbulentos. Durante la crisis de 2001 se multiplicaron los pedidos de arreglo: dobladillos, cierres, botones, ajustes. Todo servía para estirar la vida útil de la ropa. Más tarde, en plena pandemia, vivieron uno de los momentos más intensos: “Vendimos muchísimos barbijos. Se hacía una cola terrible afuera porque no podían entrar”, recordó Mari.
Una amistad tan sólida como la mercería
La historia de Mercería Marisol es también la historia de dos vidas entrelazadas. Mari y Gladys se casaron el mismo año, fueron madrinas del primer hijo de la otra, criaron a sus familias a la par y atravesaron duelos con pocos meses de diferencia. “Siempre fuimos un gran equipo”, repitieron.
Es imposible calcular cuántos bebés durmieron en sus moisés, cuántas novias usaron sus vestidos o cuántos estudiantes llevaron guardapolvos hechos por sus manos.
“Nos vamos felices y lúcidas. Podemos decidir este cierre con claridad. Cuando se venda lo último, cerraremos la puerta y a descansar”, dijeron juntas, como lo hicieron siempre.
